El
hombre cerró el libro. Miró a la joven que tenía ante él y
tan solo le dijo:
-Es
un mal trazado de la calle.Esa es la causa por la cual su domicilio
no es verificable. Nada se puede hacer. Vive Ud. en el corazón de
un laberinto.
La
joven le saludó y salió por la vieja puerta giratoria, la
que aún conservaba un vetusto cepillo vertical con unas ralas
cerdas. El hombre no volvió a ver aquel rostro, hasta pasado
un largo cuarto de siglo. Y cuando lo vió, adosado a paredes,
autobuses, periódicos y magazines supo de inmediato que era
el de aquella muchacha que había ido a protestar a la oficina
de Correos, porque a su domicilio no llegaba correspondencia.
Ella
era persona de certidumbres. De números concretos aplicados a las
cuestiones mas inverosímiles. Si había algo que odiaba, que había
odiado siempre era la pobreza. El maloliente reino del
deterioro. El hartazgo de su juventud había quedado esbozado en
una de aquellas regiones dominadas por un sistema que condenaba
la propiedad privada y donde año tras año se daban a los
habitantes un ajustado equipo de ropas de vestir que incluía dos
camisetas de algodón tan frágil, que a la segunda vez que se
lavaban, comenzaban a mostrar carrerillas a lo largo del jersey.
Ella odiaba aquellos agujeros en ciernes. Se sentía vulnerada
por el sistema. Condenada a reprimirse por aquellos espacios como
bocas sarcásticas adheridas a la tersura de su propia piel.
Eran esas bocas ridículas de sus camisetas, las que opacaban la
brillantez que imaginaba brotando por todos sus poros, capaz de
lograrlo todo.
Aprendió
- como ciertos ejemplares de la huerta familiar - a adaptarse
a los fríos intensos, las escarchas, los hielos acumulados. Se las
ingeniaba para surgir indemne, rozagante, pletórica.
Para
cuando ingresó en la política, ya llevaba muchas millas
acumuladas en los recintos de los edificios estatales. La
eficiencia era su marca. Había aprendido a escuchar. A tragarse
las palabras que su propia mente le dictaba en oposición a
los otros. Quizá de aquél reiterado ejercicio de contención
tuvo decidido cuales pasos dar. Ella era una experta en dar
saltos, porque para eso había nacido en un año del Caballo. Cada
uno de los saltos que fue calculando en su carrera, la ubicaron
en el lugar exacto que ella habia previamente elegido. Para
entonces ya se habia incorporado unas cuantas frases salpicadas
con pinceladas de humor que se ajustaban a sus miradas
picaronas. Comprobó que la gente la seguía. Que iba despertando
confianza. Y para quienes aún se mantenían a la distancia, ella
nunca dejaba de acercarse y saludar a esas personas ejerciendo
una suave presión en el antebrazo, para comunicar su simpatía.
La
oportunidad se presentó casi precipitadamente. El anterior
Markgrave – que no habia logrado reponerse de la pérdida de su
Ministro de Exteriores – fue tentado por un tratado de tan
fuertes alcances en materia económica, que, no dudó un instante
resignar su poder - su fortísimo poder - para dedicarse a
diseñar una de las obras portadoras de energía mas ambiciosas de
que se tuviera noticia. El Markgrave era no un ícono. Diez, cien
íconos. Tan fuerte era su influencia en todas las capas sociales
del País.
No
fue fácil derrotarlo.Los cómputos finales eran como una de esas
faldas que no llegan a cubrir las rodillas, pero delatan a quien
las mira, la belleza de unas piernas. Unas rápidas elecciones la
llevaron al pináculo del poder. No obstante el alto precio
quedaba reflejado en los miembros del Congreso, donde el anterior
Markgrave continuaba liderando una mayoría que muy difícilmente
ella iba a poder aplicar el peso de sus tacones.
Llevaba
menos de 36 meses ejerciendo su comandancia, cuando una crisis
nacida en pleno corazón de Londres llegó a las mismas costas
de su mar Báltico. Los referentes bancarios mas cautelosos le
llamaron para hacerle saber que acababan de sufrir pérdidas
super millonarias. Primero empalideció. Luego se puso roja de
furia. ¿Cómo? ¿Cómo era posible haber comprado a ciegas
valores desregulados de procedencia inglesa? Los reunió a todos
los presidentes de Bancos para la siguiente jornada, muy temprano.
Uno
tras otro, en grupos, se presentaron a las 7.30 a.m. En el salón
Bismarck.
-Señores,
ya lo sé todo! Lo que les pido a cada uno que me aporte las
cifras comprometidas en cada una de las entidades que representan.
El
resto del discurso no fue traducido. Los banqueros salieron
delgados, cenicientos, lúgubres. Algunos con manchas rojas
cubriéndoles buena parte del rostro. Derrotados todos.
No
bien obtuvo las cifras, los convocó nuevamente. “Señores, aquí
no ha pasado nada. Nada debe trascender de las pérdidas habidas.
Presionen a sus deudores, presionen fuerte, para que devuelvan el
dinero a la mayor brevedad.
Países,
empresas, son todos iguales. Para quienes no devuelvan en tiempo y
forma habrá aumento de tasas y severas sanciones. Traducido a
nuestra práctica política, no habrá transacciones para
ninguno !”
Nadie, absolutamente nadie se atrevió a
contradecirla.
Algunos
apelaron al ex Markgrave. La llamó. Le rogó con la mas convincente
de las voces.
“Ah,
Ud. ! Usted siga haciendo gasoductos con sus amigos. En ello tendrá
éxito. Pase buenas y merecidas vacaciones!”
Luego
el ex Markgrave diría a sus íntimos: “Me envió a freír
mon-dongo!”
Las
ventas de maquinaria pesada cayeron. La alta tecnología quedó en
las naves de las grandes fábricas. Los inmensos astilleros se
conformaron con botar unos pocos veleros y unas embarcaciones
destinadas a turismos en el río Sena. Los obreros fueron siendo
despedidos en tandas de a cien, luego de a 500.
Los
reports de los bancos eran cada vez peores. El sistema tributario
estaba cayendo mes tras mes. Impuso rebajas de sueldos. Cuando los
Sindicatos le pidieron audiencia los recibió con la mejor de sus
sonrisas.
“Estimados
– les dijo – ya se todo cuanto me vienen a reclamar. La buena
noticia es que si no recortamos sueldos, millones van a ser
despedidos. Es algo o nada. No podemos pactar, no podemos prometer
ninguna mejora. Mas aún. Estamos luchando por no tener que
recortar muchos de los beneficios que la gente goza desde hace
años. No se trata de una crisis NUESTRA. Esta es una crisis
impuesta por países mas poderosos que nosotros. No pidan
hambre, porque ya Uds. comieron bastante todos estos años” . Los
Sindicalistas salieron casi tropezándose los unos con los otros,
derrotados, contraídos por el peso de sus consciencias.
El
punto X de aquel climax llegó con la caída de cotización de la
moneda. El informe fue tan devastador, que tuvo que guardar cama
72 horas . De allí salió con la palabra exacta:AUSTERIDAD.
Con
cada discurso enarbolaba la bandera de la AUSTERIDAD. Cada
embajador, cada presidente de bloque, cada mandatario del grupo
de países que se enrolaban en su misma área, fue arengado ,
adoctrinado, convencido que debía implantarse la AUSTERIDAD. Era
tal su poder de convicción que los Ministros de Economía del
país que fuera, salian de su presencia hipnotizados, felices,
repitiendo cada uno : “Austeridad! Austeridad!”
La
fiebre de la Austeridad lo fué copando todo. Ella rezumaba dia
tras día una creciente alegría cimentada en la Austeridad que
finalmente se imponía de norte a sur y de este a oeste.
Cuando
examinó los números del primer mes, hizo una mueca que nadie
supo interpretar. Al primer semestre, los números habian
empeorado ostensiblemente. La gente había disminuído sus gastos.
Ya casi nadie usaba el automóvil para transportarse. Quien no
circulaba en bicicleta lo hacía en motociclos o en el transporte
público. Ella misma se disfrazó una mañana y se subió a
uno de los largos buses que recorrían sectorizados las
cuadrículas de la capital. Se vió treinta años antes,
viajando malamente en los trolebuses comunitarios de su pequeña
ciudad donde casi siempre alguna campesina transportaba de forma
disimulada un par de pollos o unas codornices para vender en la
feria.Observó que casi nadie usaba el fino calzado de los
lujosos shoppings. La gente se dejaba ver con zapatillas
deslucidas y ajadas, y la indumentaria había vuelto a
uniformarse, como en los años de su juventud,en su pueblo de
fronteras. Sintió otra vez la mordedura de la miseria. Tragó
saliva. Bajó del autobús y caminó hasta su despacho.
Economistas
, Premios Nobel la visitaron. Le explicaron que la AUSTERIDAD no
solo no mejoraría la situación, sino que la iba a empeorar mucho
más. Le hicieron croquis, le mostraron los balances rojos de los
bancos. Le hicieron ver las noticias de los países de la
periferia. La gente que no podía pagar las cuotas de sus viviendas
estaba siendo desahuciada.Cada día decenas de aquellas personas
se suicidaban arrojándose al vacío desde sus balcones.
Tomó
a uno de aquellos visitantes por una de sus mangas y mirándole
fijamente le dijo:
-Ud.
piensa que con todos estos argumentos suyos VOY A CAMBIAR DE RUMBO
a este país, a este conjunto de naciones asociadas? NOOOOOO !
Grábeselo en su memoria. NOOOOOOO!
Y
saliendo de la sala los dejó a todos en soledad.
Millones
fueron quedando sin trabajo. Millones de niños dejaron de
asistir a clase. Cientos de miles de profesores y maestros fueron
dejados cesantes en las escuelas públicas. Aún tuvo el coraje de
decir públicamente: “Los niños de ahora rechazan la
escolaridad. No podemos tener Maestros ni Profesores en aulas
vacías” para justificar los despidos. Paralelamente los
Hospitales Públicos estaban llenos de enfermos. Ya no había
siquiera registros para tantos demandantes. Los médicos anotaban
los nombres de los pacientes en servilletas de papel y luego las
archivaban dentro de cajas vacías de medicamentos. Las partidas
de defunción se hacían en el dorso de viejas fotocopias de
documentos desclasificados. La gente comenzaba a manipular
documentos cuyos textos resultaban partes de denuncias,
fragmentos de piezas musicales, resoluciones de juicios celebrados
hacia diez años. En una palabra, nadie tenía la certeza de estar
legalmente muerto.
El
gran golpe lo recibió cuando un par de países - los mas
débiles ,las ovejas negras de la Comunidad, como ella los definía
- le anunciaron que abandonaban la moneda comunitaria. Regresaban
a sus monedas tradicionales, sin divisas, sin respaldo
patriomonial excepto los viejos edificios heredados de los siglos
pasados que incluían las ruinas del Imperio Romano, las
construcciones arábigas que databan de la Edad Media, las
carreteras sembradas de tramos deteriorados, los pabellones desconchados y
malolientes de sus propios hospitales, donde se decía, daban a los
internados alimentos espúreos, restos de materias fecales
disimuladas con los colores bonitos de las salsas.
No
lo pudo creer. ¿Cómo le hacian esto a Ella, La Markgrave , que
se habia desvivido por convertir a esa veintena de países en
una potencia? Cómo? Cómo? Reunió de inmediato a los líderes
que pensaban igual que ella. Les habló. Los desafió . Hubiera
pulseado como los marineros de su ciudad natal – acodada sobre
una mesa - con alguno de ellos para demostrarles que ella valía
mas que todos ellos juntos. Nadie osó contradecirla. La
aplaudieron. Luego como era costumbre, brindaron por la
prosperidad, por el bienestar de los Pueblos,por un futuro
venturoso.
En
menos de una semana, el resto de los países de la Comunidad
hicieron lo mismo que aquel desdichado par de países. Volvió
cada uno a su vieja moneda. Convocó de inmediato al Parlamento.
Los arengó como siempre. Se airó contra todos los países que
habían roto tantos pactos, tantas decisiones tomadas en común .
Los desnudó en sus miserias y sus pequeñeces. Imitó las voces y
las frases altisonantes inspiradas en los blasones del
patriotismo rancio que algunos Presidentes le habían dedicado en
medio de agrias discusiones. Y entre el caudal de aquella catarata
de palabras, sucedió lo increíble.
Alguien
le arrojó un sapo. El anuro se estrelló contra su rostro y se
deslizó por su chaqueta hasta alcanzar el suelo y comenzó a
saltar describiendo un círculo en torno a ella cumpliendo un
ritual idéntico al que realizan en presencia de las
serpientes.
La
Markgrave huyó del recinto antes que el círculo del sapo la
encerrara.-