EL BOXEADOR

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Dino era lo que en la jerga popular se dice “chanta” . Tío con mucha labia y más mentiras que frascos tienen los boticarios de pueblo.

Había tenido los modales justos para convencer a sus  padres de llevarlo a la ciudad, para aprender el entrenamiento del boxeo con las reglas que los caballeros ingleses aplicaban.Dino decía ser  un  representante de boxeadores.

 El  muchacho  tenía sus buenos músculos , hechos de hombrear bolsas de cereales, de patatas, y mover de aquí para allá los cajones con las frutas de estación. Algunas veces también hacía el mostrador, y servía a los vecinos que iban a comprar para la semana, unos buenos chops de cerveza acompañados por las finas láminas de patatas que la madre freía en una sartén inmensa.

Sus hermanos mayores estaban dedicados al tambo, a la cría de ovejas y a él - el menor de los hermanos - lo fueron destinando a acompañar a los padres cuando emprendieron un almacén de ramos generales.

Marchó con Dino a la ciudad. Empezó su entrenamiento con unos hombretones medio fieros y renegados. Al tercer día ya se quería volver para la casa. Tirarse unas cuantas trompadas entre amigos, no era lo mismo que esquivar los puños inmisericordes de los oponentes del gimnasio.



Entre el tercer día y el séptimo, tuvo en claro que lo que debía hacer era evitar ser alcanzado por los guantes del otro.

En la pequeña habitación que le habían destinado en el entrepiso, aprovechó la presencia de un amplio espejo para iniciarse en el arte de escapar a los golpes.

Lo que no hizo fue mostrar sus ensayos. Siguió obedenciendo indicaciones, recibiendo y dando golpes al contrario.

Se dió cuenta de algo fundamental. Mientras entrenaba, su mente estaba en blanco. El hombre que tenía en frente era un juguete mal enseñado. Acaso un robot sin sueños ni esperanzas. Y así una y otra vez pugnaba por asestarle la fuerza de sus puños.

Así fueron sus comienzos. En escasos tres meses lo hicieron pelear junto a otros pupilos de igual talla. El seguía con la mente en blanco.

Dos años después ,tras ganar unas cuantas peleas, ya lo metieron en un campeonato.
Sus padres y sus hermanos viajaban, junto a algunos vecinos en un camión cerrado con un buen toldo para verlo boxear. Se volvían eufóricos, emocionados de ver cómo se movía en el ring. Como esquivaba y volvía a esquivar los puños del adversario.



Fue aprendiendo mañas que oía de unos y de otros. Y en soledad se preparaba para lograr la maestría de aquellas mañas. Enseguida descubrió que los otros practicaban las mismas finas trampitas. Dejó de valerse de ellas.
En sus horas libres comenzó a leer. No leía cualquier cosa. Había empezado con Friederich Durrenmatt.Con el Friederich romántico que había escrito “Un Angel en Babilonia”, abducido como todos los jóvenes escritores por los posibles e imposibles del Teatro. Se atrevió luego con “Hércules y el Establo de Augías”.

Y aquello fue muy grave, porque nunca pudo dejar de lado al héroe Hércules. El que debía limpiar las podredumbres de los reinos.

Cada mañana en el gimnasio, tras calzarse los guantes , su mente quedaba en blanco. Daba tan solo una media docena de pasos e iniciaba sus rápidos giros, sus saltos hacia atrás, sus increíbles saltos hacia arriba que hipnotizaban al público.
Los especialistas del deporte no lo querían. Decían que no era boxeador. Era un bailarín. Medio Nureyev, medio Fokine.El recortaba los escritos de sus críticos y los enviaba a la familia.
La familia! Cuánto sufrían por no poder hacer aquellas caravanas de los últimos tiempos: mas de media docena de lujosos autos, trasladándose a donde fuese que el peleara. Luego de leer el Ulises de Joyce le había nacido la urgencia de dejarlo todo y largarse a caminar por las calles de Dublín.

Cuando estaba a punto de lograrlo apareció Dino. Era la mitad de lo que había sido. Y había sido hombre de hacer clavar la balanza en los 140 kg. Maloliente, con la calva descamándose en islotes que mostraban una piel salpicada de pecas. Vestido con trajes comprados en las ventas de garage. Dijo que quería confesarse con él.

Los ojos del boxeador se fijaron en los escasos dientes que le iban quedando al hombre. En minutos, en cuartos de hora resueltos por las agujas de un grave reloj, le contó cómo les había ido robando a todos sus pupilos. Pero eso sí: los había hecho campeones a todos.

El boxeador hizo como siempre, al subir al ring. Se puso la mente en blanco y cuando Dino acabó de narrar todas las sustracciones, engaños, falsos contratos, contratos amañados que había redactado en su vida de representante, el boxeador, con los ojos, fuertemente cerrados le dijo:

Pégue una buena trompada a su Conciencia, para que se le despierte de una vez por todas!” . -





Ilustración:Pix Fans

Comentarios

Albada Dos ha dicho que…
La mente en blanco. Títeres. Acabaremos muchos como este boxeador.

Un saludo
Rodrigo ha dicho que…
Hola, Beatriz. Hola a todos.

Relato extraño, cuya extrañeza reside en uno de esos salones en penumbra propios de un cuadro tenebrista. Dino y el protagonista, no se sabe si son uno o son dos, si el mismo o distintos; quizás uno a un lado del espejo y otro al otro lado, que un día se encuentran años después, cuando al boxeador "del otro lado" se le "desierta" la conciencia a golpes de lecturas.
Logras crear, Beatriz, un clima inquietante en estos tus relatos aparentemente triviales, como de cháchara de barrio, contados en las tardes de verano a la puerta de casa.

Dino, el boxeador: son uno y dos distintos; son el mismo.
"Cuando boxeaba se le quedaba la mente en blanco", cuando no boxeaba nutría su mente con Durrenmatt, con Joyce. Al cabo el boxeador, que tan pronto se iba asemejando a Nureyev como a Fokine, decide dejarlo todo... pero antes de que esto suceda, ocurre el reencuentro: aparece el pasado malvestido de futuro desengañado, como para mostrarle el camino: "péque una buena trompada a su Conciencia". Y parece que lo hizo...

Enfrentarse a la vida no es como jugar a la guerra entre los compadres del barrio. La vida da trompadas que es difícil esquivar. Hay que aprender a hacerlo, y, para ello, hay que "reconocerse" antes en el espejo, uno ha de enfrentarse a sí mismo, aprender que puede fintar, que puede fintarse (que puede fintar a su conciencia). Uno vive como dormido si no resuelve antes la cuestión de su propia identidad. Cuando uno realiza esta labor de reconocimiento de sí mismo con éxito, cuando uno "despìerta" a su conciencia, sabrá fintar y encajar los golpes de la vida, sabrá bailar alrededor de su desgracia sin que ésta pueda alcanzarle el mentón o el hígado. Habrá aprendido a boxear, a vivir. Si no, uno se acaba encontrando con Dino en cualquier encrucijada de su vida.

Gracias, Beatriz, por esta delicatesen narrativa.
Un abrazo a todos.

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