LA CUNA

La anciana
había llegado a
duras penas hasta
el borde de
la escalera que descendía
al subsuelo. La había
llamado por el
nombre, había golpeado con el bastón
el escalón de madera,
y por último
el latón de
un juguete inservible.
Recién entonces
ella subió y oyó el
reclamo de la
anciana.
-Una mujer
joven pide
ropas de bebé,
una cunita ... y
recordé el moisés
donde duerme el
perro.
La quedó
mirando con tristeza. No
respondió y ambas
iniciaron la marcha
por la casa.
-Es que
el moisés del
perro huele muy
mal. No es para
una criatura. No podemos brindar a un
bebé el reposo de un perro.
- La
muchacha no tiene
nada. Nada de
nada. Solo su bebé
próximo a nacer.
La anciana
la conocía bien. Fue donde
el viejo moisés
, lo llevó
hasta el final
del patio y
lo volcó. El
perro había destrozado
todo. El colchoncito,
las frazaditas que
con tanto esmero
ella había tejido
junto a la
ventana .No se podía creer
que aquél montón
de fragmentos informes
habían sido el
moisés de un
bebé.
Conectó el
sistema de riego
y apeló a
un chorro fino
e intenso para
terminar de quitar
de entre los
mimbres los fragmentos
adheridos.
Miraba aquel
fluir de basuras
acumuladas , desde
otra vida y
otras ilusiones que
no pertenecían al ahora.
-
Si lo
cepillara ... - le
sugería la anciana.
Al
final lo cepilló
y lo volvió
a agredir con el potente
chorro de agua,
como si quisiera exorcizar al
canasto del tiempo y el
abandono.
Por fin
cerró el grifo.
Y una vez
más lo puso
boca abajo, para
que escurriera el
agua.
Aquel día
que Mama Andicha sacó
al corredor la
cuna, nunca pensó
en el destino
de aquél moisés
que había preparado
para el nacimiento - sencillo
- pero bordado
con las iniciales
suyas y de
su marido, entrelazadas
como quería la
Abuela Anna. Porque eso
era la niña :
el milagro de
aquel amor , que ella
seguía bordando a
pesar de la
notoria ausencia del hombre.
La vecina
de su comadre
fue la primera
en verlo y
hacer correr la
voz por el
poblado. Un par de días después,
la cuna había sido llevada entre
aplausos y festejos
por los niños
de la vecindad
como un trofeo
conseguido al final de un
partido de fútbol hasta
una casa baja ,
de las que estaban
al final de
la calle, con su
pilar conectado a
la red eléctrica.
Un
acontecimiento.
Pero a
la nueva dueña del
moisés le nacieron
unos mellizos, y ya entró
a mascullar que
aquél canasto ni siquiera serviría para
un par de meses, a pesar de lo muy pequeños que habían
nacido los bebés .Lo
único que le vino bien
fueron dos cajones
de manzanas, que se habían salvado de
alimentar el fuego
de la vieja cocina.
Entonces recordó,
cómo su propia
abuela polaca había
llegado entre la
turba de inmigrantes, dentro
de otro cajón de manzanas.
Ilustración: Puerta al Sur.
Comentarios
Hola, Beatriz. Hola a todos.
Bué, aquí tenemos un retrato al natural que porta lo que parece —a decir de Hitchcock, que lo inventó— un "macguffin".
Un moisés, una cuna, cuyo relato nos conduce a un desenlace inesperado, cuya alusión tiene más importancia que el relato en sí: "Entonces recordó, cómo su propia abuela polaca había llegado entre la turba de inmigrantes, dentro de otro cajón de manzanas."
Este realmente es el tema, no el moisés que nos conduce a él —convertido así en mero vehículo.
El cómo se llega a la caja de manzanas desde el moisés-cesto de perro es una elipsis digna de nuestra relatora: una pirueta realizada en el tiempo y el contexto.
Otra época, otro escenario. La cuestión incidental (dar a luz a dos mellizos) nos ofrece el salto, es el fulcro, la bisagra, mediante la cual el presente pivota sobre el pasado y nos abre la puerta a la significación del relato.
Es una narración que habla de pobreza y de emigración, y de buenas intenciones, y de relativización de las convenciones, y de enaltecimiento del valor de las cosas, y de historias pasadas inscritas en las cosas —moisés, caja de manzanas— que forman parte de su sentido y sin las cuales estas historias estarían incompletas.
Gracias, Beatriz, como siempre por la evocación, la invocación y la vocación.
Un abrazo a todos.