viernes, 16 de junio de 2017

LA CUNA



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La  anciana  había  llegado  a  duras  penas  hasta   el  borde  de  la  escalera que  descendía  al  subsuelo. La  había  llamado  por  el  nombre,  había  golpeado con el  bastón  el  escalón de  madera,  y  por  último  el  latón  de  un  juguete  inservible.
Recién  entonces  ella   subió  y  oyó  el  reclamo  de  la  anciana.

-Una  mujer  joven    pide  ropas  de  bebé,  una  cunita ...  y  recordé  el  moisés  donde  duerme  el  perro.
La  quedó  mirando  con  tristeza. No  respondió  y  ambas  iniciaron  la  marcha  por  la  casa.
-Es  que   el  moisés  del  perro  huele  muy  mal. No  es  para  una  criatura. No podemos  brindar a un  bebé  el  reposo  de  un perro.

-  La  muchacha  no  tiene  nada.  Nada  de  nada. Solo  su  bebé  próximo  a  nacer.

La  anciana  la conocía  bien. Fue  donde  el  viejo  moisés  ,  lo  llevó  hasta  el  final  del  patio  y  lo  volcó.  El  perro  había  destrozado  todo.  El  colchoncito,  las  frazaditas  que  con  tanto  esmero   ella  había  tejido  junto  a  la  ventana .No se  podía  creer  que  aquél  montón  de  fragmentos  informes  habían  sido   el  moisés  de  un  bebé. 
Conectó   el  sistema  de  riego   y   apeló  a  un  chorro   fino  e  intenso  para   terminar   de  quitar  de  entre  los  mimbres  los  fragmentos  adheridos.  
Miraba   aquel  fluir  de  basuras  acumuladas  ,  desde  otra  vida  y   otras  ilusiones  que  no  pertenecían al  ahora. 
-         Si  lo  cepillara ...  -  le  sugería   la  anciana.

  Al  final   lo  cepilló  y  lo  volvió  a   agredir  con  el  potente  chorro  de  agua,  como  si quisiera  exorcizar  al  canasto  del tiempo y  el  abandono.
Por  fin  cerró  el  grifo.  Y  una  vez  más   lo  puso  boca  abajo,   para  que  escurriera  el  agua.

Aquel  día  que Mama  Andicha  sacó  al  corredor   la  cuna,  nunca  pensó  en  el  destino  de  aquél  moisés  que  había  preparado  para el  nacimiento -  sencillo  -  pero   bordado  con  las  iniciales  suyas  y  de  su  marido,  entrelazadas  como  quería  la  Abuela  Anna. Porque  eso  era  la  niña :  el  milagro   de  aquel  amor , que  ella  seguía  bordando  a  pesar  de  la  notoria ausencia del  hombre.

La  vecina  de  su  comadre  fue  la  primera  en  verlo  y  hacer  correr  la  voz  por  el  poblado. Un  par  de  días  después,  la  cuna  había sido llevada  entre  aplausos  y  festejos  por  los  niños  de  la  vecindad  como  un  trofeo  conseguido  al  final de un  partido  de  fútbol  hasta  una  casa  baja ,  de las  que  estaban  al  final  de  la  calle, con  su  pilar   conectado  a  la  red  eléctrica.
 Un  acontecimiento.

Pero  a  la  nueva  dueña del  moisés  le  nacieron  unos  mellizos,  y  ya  entró  a  mascullar   que  aquél  canasto  ni siquiera serviría  para  un par de meses,  a  pesar de lo muy pequeños que  habían  nacido  los  bebés .Lo  único  que  le  vino  bien  fueron  dos   cajones  de  manzanas, que  se habían salvado  de  alimentar  el  fuego  de  la  vieja cocina.

Entonces  recordó,  cómo  su  propia  abuela  polaca  había  llegado  entre  la  turba de  inmigrantes,  dentro  de  otro   cajón de manzanas. 

Ilustración: Puerta al Sur.


1 comentario:

Rodrigo dijo...


Hola, Beatriz. Hola a todos.

Bué, aquí tenemos un retrato al natural que porta lo que parece —a decir de Hitchcock, que lo inventó— un "macguffin".

Un moisés, una cuna, cuyo relato nos conduce a un desenlace inesperado, cuya alusión tiene más importancia que el relato en sí: "Entonces recordó, cómo su propia abuela polaca había llegado entre la turba de inmigrantes, dentro de otro cajón de manzanas."
Este realmente es el tema, no el moisés que nos conduce a él —convertido así en mero vehículo.

El cómo se llega a la caja de manzanas desde el moisés-cesto de perro es una elipsis digna de nuestra relatora: una pirueta realizada en el tiempo y el contexto.
Otra época, otro escenario. La cuestión incidental (dar a luz a dos mellizos) nos ofrece el salto, es el fulcro, la bisagra, mediante la cual el presente pivota sobre el pasado y nos abre la puerta a la significación del relato.

Es una narración que habla de pobreza y de emigración, y de buenas intenciones, y de relativización de las convenciones, y de enaltecimiento del valor de las cosas, y de historias pasadas inscritas en las cosas —moisés, caja de manzanas— que forman parte de su sentido y sin las cuales estas historias estarían incompletas.

Gracias, Beatriz, como siempre por la evocación, la invocación y la vocación.
Un abrazo a todos.