martes, 2 de febrero de 2010

EL VENTILADOR


Las cuatro arrastraron el ventilador y lo instalaron en medio del patio, al atardecer. Una a una se fueron acomodando en los viejos sillones de mimbre sus faldones de gasas y crinolinas,mientras lentamente dejaban a la misericordia del aire el tufillo de las naftalinas.
Una parienta mísera las visitaba cada tarde. La mujer se sentaba sobre las baldosas en el suelo, y mientras se secaba el agua que le chorreaba el magro cuerpo, extendía unas manos arrugadas en una muda insinuación de pedir ayuda.
La mas joven de las cuatro hermanas solia mirarla compenetrandose de aquellos movimientos perfectos, como asegurandose que era comida la petición. La mayor de las hermanas ni siquiera posaba los ojos sobre la parienta. Ni se permitía un parpadeo, un paréntesis que declarara un mínimo interés por la visitante. A lo sumo cruzaba con elegancia sus piernas, dejando a la vista las bellas alhajas de sus tobillos, o movía sus manitas para hacer tintinear sus pulseras y pendientes.
El ventilador era el señor de la escena.
El lento recorrido de sus 180 grados moviendo el aire, era lo único que merecia ser registrado por aquellos cuatro pares de pupilas. El perfume de la madreselva, de los azahares, de los nardos mismos, eran una insinuación de dichas inalcanzables. Desde que las cuatro se enamoraran del mismo hombre, la paz entre ellas solo era posible merced al ventilador de la casa.
Si acaso transcurria una larga hora hasta que la mas joven se ponía lentamente de pie. Extendía con suficiencia sus ropajes, acomodaba los finos pliegues, y daba los primeros pasos en busca de la ración de comida destinada a la parienta mísera.
La misma que les había sustraído con sus bellas danzas al caballero del amor.

1 comentario:

ANITA dijo...

Muy bueno Beatriz realmente bueno.
Besos