sábado, 18 de febrero de 2017

DORA (Sala de Proyecciones IV)






Había llegado a refugiarse en casa de su hermana mayor hasta carente de ropas interiores. La hermana la recibió y la fue dotando de un modesto ajuar, pero ajuar al fin.
En apenas un par de años fue urdiendo la forma que la hermana mayor dejase aquél rancho con paredes de adobe y techo de pajas, camelando al hombre que cuidaba de larga data aquellas tierras donde cada año sembraba patatas y luego alfalfa para alimentar al caballo.

La zona donde vivían había pasado de ser una sección de quintas, a convertirse en todo un barrio de vecinos nucleados en torno a la Parroquia, y aquél rancho escondido tras un cerco de ligustros y rositas rococó, iba resultando un exabrupto para el vecindario.

Logró sus propósitos. Dora quedó como ama del rancho, mientras su hermana era compensada con una modesta casita de materiales, con hasta baño instalado. Todo un lujo que ni Dora ni su hermana imaginaron.

Como aquella era una ciudad dedicada al Turismo, Dora se las ingenió para ingresar como mucama en alguno de los muchos nuevos y viejos hoteles de aquella urbe. Al poco tiempo se lió con uno que hacía de mozo en las horas del almuerzo y la cena, y con su labia lo convenció al cuidador de las tierras y lo llevó a convivir al rancho. Fueron progresando gracias a los sueldos y propinas que el verano les dejaba y cuando aquellas tierras se lotearon, los dueños dieron al cuidador un lote donde fueron construyendo su casita. Ya para entonces eran un trío . Así como suena.

El que hacía de mozo era dado a la bebida y llegaba en malas condiciones a la casa , dando portazos y gritos, que enteraban al vecindario de los pormenores de sus privadas vidas.

Dora nunca hizo la calle – como otras mujeres - pero el mozo le traía de tanto en tanto clientes. Hasta la misma Policía de aquellos tiempos les visitó, alertados por las praxis que en la casa ocurrían.

Años pasaron de igual modo. Hasta que Dora comenzó a experimentar el acoso de una dolencia. Llevada al Hospital, le diagnosticaron una triste enfermedad.

El cuidador de las tierras – ya anciano – lloraba sentado en los escalones de la entrada a la casa. La gente se conmovía. “Está enferma la Dora” , repetía entre sollozos.

El presunto marido había comenzado a hacer las compras. Ya el continuo consumo de bebidas alcohólicas le hacía protagonizar hechos diversos: perdía las llaves de la casa, perdía la billetera, salía calzado y regresaba descalzo.

Los vecinos que apenas les daban el saludo, comenzaron a interesarse por la salud de Dora. Alguien contó que se había rodeado de todo un altar con imágenes de la Virgen y algunos Santos, y que día y noche oraba, y hasta un vecino de ascendencia rusa le había obsequiado un pequeño ícono del siglo XVII.

Para cuando los vecinos mas católicos de la vecindad la visitaron, Dora estaba realmente transformada. Tenía plasmada en el rostro la cara del Profeta Daniel, el del Pórtico de la Gloria. Y cuando finalmente abandonó este Mundo, en su entorno se olía a santidad.

Cuando ingresó a los recintos de la Sala de Proyecciones, el Guía no le mostró película alguna. “Es cierto que los placeres que brindaste te fueron pagados. Pero, al menos les brindaste a aquellos hombres solitarios una ternura que fue auténtica. Vete en Paz, Dora!” le dijo y de inmediato unos jóvenes ángeles la llevaron en volandas.

Ilustración: ru.depositphotos.com


2 comentarios:

Rodrigo dijo...

Hola, Beatriz. Hola a todos.

Cuarta entrega de la Sala de Proyecciones. Dora no ha de ver su vida en la pantalla. No hay cuentas pendientes, las saldó todas, y con propina. Probablemente, para sus contemporáneos, no fuera más que una lista oportunista con mala suerte: un marido proxeneta y ventajista.
Dora aprovechó sus dones, su talento; al final, en el saldo ningún debe: tanto talento recibí, tanto obtuve y devolví. El Guía no encontró en ella nada censurable. La acompañó como un diligente acomodador por el pasillo oscuro de la sala de proyecciones hasta la primera fila y, traspasando la pantalla, la encomendó a los querubines encargados de dispensar el polvo de estrellas.
Bien por Dora.

Bonita cuarta entrega de la serie, Beatriz.
Un abrazo a todos.

Beatriz Basenji dijo...

Así es, Rodrigo! Tal vez mucho antes de serle diagnosticada su enfermedad, Dora hizo un balance de su Conciencia.La enfermedad le brindó la oportunidad de saldar todos sus errores, muchos de ellos cometidos por inducción ajena.Ella vivió los últimos años de su existencia para conocer la vida e inmolación de muchos verdaderos Santos, y mediante la oración congraciar su propia Alma con esas Excelsitudes.En honor a la Verdad, pocos seres han dejado una impresión tan fuerte en mi propio Ser espiritual, como Dora,porque lo que un ser sensible percibía en su entorno no puede ser traducido en palabras. Beatriz.