sábado, 7 de marzo de 2009

CLELIA

Era inmensa. Se podía girar en torno a ella sin que apareciese la línea de la cremallera. Imposible creer que cupiera por las puertas. Las vecinas enroscaíllas la yamaban “La Calesita”. Era bonachona. Nos levantaba a los niños como paquetes de la confitería que se traía por las tardecitas. Nos desprendía las hileras de botones de la camisiya, nos levantaba las frisas invernales y nos retorcía los pellejos de la espalda antes que pegáramos nuestros buenos chiyidos , no sin antes enchastrarnos de talco hasta las orejas.
Mi Doña Clelia vivía en un auténtico rancho. Paredes de adobe , techo de pajas, antecedido por un galpón donde se guardaban los aperos del caballo y el carro. El rancho no se veía desde la calle, porque lo ocultaban con verdadero celo unos alambrados cubiertos de enredaderas y de rositas rococó rosadas que lo invadian todo. En la parte de atrás del rancho había un corral con aves y cerdos, que cuando llovía impregnaban la vecindad con el olor natural de los chiqueros. Y mas atrás , mas allá del corral y del establo del equino, se levantaban unos ranchitos mas pequeños, que nadie sabía para qué estaban .Una intriga que los agentes policiales yevaban en su cuenta, porque de tanto en tanto caían por el lugar.
Doña Clelia era una gorda en expansión. De rostro dulce y agraciado, tenía un marío que había quedao a mitad de camino entre el compadrito de la ciudá y el peón de campo, y unas veces le salía el uno y otras lo acomplejaba el otro. Quesa era la causa por la que el hombre no se decidiera por ningún oficio ni trabajo por liviano que fuere.
Y además de aquel marío, Doña Clelia tenía alojao en la mejor pieza del rancho a un hombrecito muy pulcro, rosado de cara, siempre vestido con bombachas de campo, botas, faja negra y camisas de cuadritos,que casi nunca se dejaba ver, porque tenía el don de pasar desapercibío.Luego se supo que era el dueño del caballo,del carro, del rancho, del molino y los aperos. Lo llamaban Don Toño y era un andaluz de edad desconocía.
Por aquel tiempo se contaba que Clelia tenía dos hermanas.La mas favorecida por la naturaleza había lograo enganchar a un diplomático de tercera línea y vivía su romance con él por tierras de Chile. Por alguna causa el hombre había caído en desgracia con el régimen de Perón y la hermana de doña Clelia había pasado como de incognito en viaje a Urugüay y la gente de entonces la había visto pasearse con su tapado de pieles exóticas, cartera y zapatos de yacaré y peinada igual que Evita. Era una mujer altanera y elegante y años después de aqueya aparición fugaz por er vecindario, la gente recordaba frases salidas de los labios de aquella mujer, cuyo sentío ninguno entendía - palabras que parecían haber huído de argún códice secreto- y los vecinos las evocaban como parte de una tradición y para que no se perdieran con el tiempo.
Y la segunda hermana de Clelia - la Lola - que yegó un día llorando y de rodillas le pidió a Clelia que la recibiera y le diera cobijo.
Y Clelia – según contaba años mas tarde - en vez de haberla echado ahí mismo en los aceites de la sartén cuando freía unas pescadiyas, la puso en uno de aquellos ranchitos que naides sabía pa qué estaban.Excepto, claro está, la policía.
También le compró unos ajuares, porque ni calzones tenía la Lola, y hasta le dió sus buenos dineritos pa hacerse la croquignol.
En una de aqueyas tardes que doña Clelia salía a curar los enfermitos , cómo le pagó la Lola? Pues acostándose con Don Toño, que al fin de cuentas era el dueño de la ranchería.
Y este Don Toño, que ni mú decía, empezó a irle detrás como rezandole una letanía: ”Clelia, mi Doña Clelia, que te he comprao un terrenico en una buena vecindá, y ahí mi niña te levantarás tu casa de güen ladriyo con su techo de tejas, con bomba para el agua y tu jardín florío!”
-Y yo - contaba doña Clelia - tonta de mí , diciéndole:
-Pero si aquí estoy en el mismo Paraíso, don Toño!Qué me falta? Ná de ná . Una gallina para un buen puchero, unas sardinas cuando me se antoja, unos jamones de sus cerditos...
Erre con erre, insistía Don Toño, hasta que una madurgada puso er caballo al carro, lo cargó de maderas y rollos de roveroy y poco a poco la fué lanzando der señorío del rancho y desde tonces se quedó con la Lola.
Años pasaron que naides la había güelto a ver, cuando mi Agüela se la encontró por la plaza principal un día de fiesta. Igualita que siempre. Con sus cormiyos de oro, sus peliyos haciendo de ralo bigote, feliz como en los viejos tiempos. Y vá doña Clelia mú oronda que le dá su mejó noticia:
-Sabe Doña que me he jubilao?
-Y de qué te has jubilao Clelia querida ?- exclamó mi Agüela.
-De qué va ser? De puta ! Y a mucha honra !!

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