EL CAZADOR


Ayer por la mañana leíamos en las noticias internacionales – en compañía de mi amigo Kike - que Zahi Hawass , el gran curador de los Tesoros de Egipto, se ha dado una vueltecita por New York y ha visto con sus propios ojos lo deteriorado que se encuentra el gran obelisco .
Me gustaría haberle visto la cara a Michael Bloomberg, el alcalde de N.Y. , enterarse que el mismo Hawass exige que se restaure la milenaria aguja de piedra.
Kike se sonrió, con esa sonrisa de angelote que tiene. Delgado, meticuloso, aún con sus ojitos cerrados puede percibir lo que tu piensas. Se sienta como agazapado en la silla . Le gusta escuchar . Es un oyente incansable, pero siempre está dispuesto a relatarnos algo. Así fué :
“Te recuerdas cuando estábamos en .... ? Allí también había una escultura en un ángulo de la plaza, que había sido reconocida por uno de mis profesores como perteneciente al tesoro artístico de mi vieja patria y de otra época. De lo poco que se fue salvando de las dos últimas guerras mundiales. El profesor la amaba y soñaba con volverla a ver en el lugar donde le pertenecía. Mis amigos y yo íbamos al mismo café que frecuentaba este hombre y por cortesía y admiración hacia su persona, le saludábamos y hasta teníamos nuestras charlas. Un día nos dice: Muchachos, les tengo una noticia. He descubierto un tío con mucho talento. Copia piezas escultóricas a la perfección. Como lo hace no sé, pero ahí la tiene. Ha copiado “El Cazador”.
Noo! Exclamamos. Sii!! Nos confirmó el profesor. “Es la oportunidad, mis queridos discípulos ! “
Y nos organizamos para la tarea. En menos de tres semanas tuvimos todo preparado. Revisamos cada punto a consciencia. Se coordinaron empresas transportadoras, agentes de tráfico, todo. Hubo mucho papeleo que hacer y se hizo. No diré cómo, pero se logró. Teníamos nuestro proyecto en regla. Es decir legalizado.
Una madrugada, mucho antes del amanecer, comparecimos en la plaza con la copia de EL CAZADOR . Procedimos a cubrir de bandas la obra auténtica con sumo cuidado . La jalamos con sogas poderosas y por medio de una grúa fue alzada lentamente y todavía más lentamente , ubicada en una caja especial sobre el vehículo que la transportaría hasta su destino. De inmediato , procedimos a ubicar la copia , tan regiamente que ningún ojo experto podría dudar que se trataba de la verdadera.
Luego nos marchamos a nuestro destino.
Para cuando la ciudad despertó EL CAZADOR viajaba tranquilamente por una carretera secundaria. En la frontera mostramos la documentación consignada como polvo de ladrillo especial para canchas de tennis . Nuestro programa se cumplía hasta ese momento con tranquilidad. De pronto, vemos a uno de los guardias que se nos queda mirando fijamente a los ojos.
-Polvo de ladrillo ? ¿Eso que es ? Un nuevo argumento para enmascarar drogas ?
De ninguna manera, señor. -Le responde el chofer a cargo y le pone un ceño tan adusto y cejijunto que impresiona al guardia. Y sin perder un segundo se baja, para mostrar el cargamento. Mientras abre las puertas traseras del vehículo, lo llaman al guardia de urgencia, porque en otro vehículo acababan de descubrir algo importante. Alcanza a levantar la tapa de madera que cubría la obra, y por supuesto, encontró polvo de ladrillo . Se lo llevó a la boca para probarlo y lo escupió. Aún no satisfecho, extrae una varilla y la introduce hasta el fondo de la caja. Nosotros impasibles. Hasta que arrojó lo extraído por la varilla sobre una cubeta plástica , creo que no respiramos. Finalmente firma los protocolos aduaneros y nos levantan la barrera. Cuando hicimos pié en nuestro viejo país y la entregamos, no solo no lo podian creer, sino que los funcionarios ya ni sabian de la existencia de EL CAZADOR, ni el artista, ni cómo había sido robada por las tropas enemigas. Parecíamos propiamente unos dinosaurios moviéndonos allí, con aquella historia que ya nadie recordaba . Nos sentíamos unos energúmenos. Unos pobres diablos con memoria, con una memoria absurda, capaz de robar un verdadero tesoro para devolverlo a sus legítimos dueños. Creedme, nos miraban como si les hubiésemos arrojado allí mismo unas ratas con la peste bubónica o algo similar. Eso sí que fué difícil y azaroso. Nos tuvieron del Ayuntamiento al Juzgado, del Juzgado a la comandancia de la Policía. Llamaron al puesto aduanero y preguntaron por la verificación del transporte. Entraron de uno y otro lado en sospechas inenarrables. Estuvimos a un paso de ir a dormir a un calabozo. Menos mal que nuestro profesor hizo una llamada estratégica, y recién entonces nos devolvieron nuestro buen nombre y honor, y aunque nos alojaron en el mejor Hotel de la ciudad, por la mañana nos hicieron pagar la cuenta. Amigo mío : hay que tenerlo muy claro. La patria nunca nos agradece los riesgos que corremos por ella !

Nota: La ilustración no procede de la obra citada en el relato.

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