EL ABRAZO





Era una mañana luminosa de Diciembre. Saltó de la cama y sin hacer ruido fue hasta el living y subió la cortina, para que los rayos del sol penetraran el lugar. Preparó el desayuno, despertó a Pierre, como todas las mañanas, con una caricia en el borde de las orejitas. Pierre se revolvió entre las sábanas y buscó, como cada amanecer, sus manos. Y una vez más fue depositando sus labios en cada una de las yemas de sus deditos.

El desayuno, los comentarios de las noticias que eran portada del diario, fueron igual que todos los días. Al despedirse, la abrazó tan fuerte que llegó a quebrar su respiración y por último le besó los cabellos. Subió al auto y partió.
Hacia el mediodía Pierre llamó anunciando que no iría a almorzar, que se le habían complicado unos trámites bancarios. Algo realmente rutinario.

No regresó a la hora habitual ni a ninguna hora. A media noche Adela cruzó la calle y entró en la guardia de la Comisaría . La atendieron hasta con cierta malicia, acostumbrados como estaban a que, cada tanto se perdía algún marido trasnochador. Adela puntualizó al oficial de guardia que su marido no era hombre trasnochador y que su ausencia obedecía a un accidente, o un hecho delictivo. Procedieron a tomar los datos de Pierre, y el mismo oficial se ocupó de llamar a la guardia de los Hospitales por si Pierre había sufrido algún accidente, tal como Adela temía.
Pierre no estaba en ningún hospital. Luego de una semana los diarios lanzaron la noticia de la desaparición del próspero comerciante y la ciudad entera se sumergió en la historia mas plausible.
Era un hombre guapo, buena persona, muy reservado. Acaso fuera un hombre sensible. Alguien que guardaba un profundo secreto. Un sueño inalcanzable. Esa idea fija que nos va carcomiendo noche y día. Hasta que, ya en el borde de nuestra propia extinción nos lanzamos a dar ese salto que nadie pudo sospechar .
¿A qué obedecía aquella desaparición súbita, no anunciada, no prevista ?
Adela se sentía como un péndulo, suspendido de algún punto del espacio, girando sin noción de girar. A la desaparición de Pierre se fueron sumando otras ausencias. La empleada embarazada que una semana después de la desaparición de Pierrre, dejó de concurrir al trabajo. En otro momento y otras circunstancias, ese hecho no la hubiera alterado en absoluto . Ahora era diferente. Veía en ese ausentismo una causa que la hería, que la traspasaba. Adela y Pierre no tenían hijos.

Una herida que pasaba de ser algo latente, para instalarse en toda su dimensión. Ni siquiera habían querido averiguar la causa de la esterilidad. Quien de los dos portaba los genes que se negaban a reproducirse.

Vivía aún el padre de Pierre. El anciano era un viudo reciente. La desaparición de su hijo le había sacado el coraje de sus años mozos, y se había impuesto a si mismo recabar noticias dentro del círculo de amigos . Nada obtuvo. Sin embargo esa nada que fluía como un oleaje sumiso relamiendo las arenas de la playa, las atribuía a una lealtad insoslayable. Ellos debían saber algo y lo callaban. Llegó a frecuentar el mismo club donde Pierre disputaba partidos de rugby con sus amigos del final de la infancia. Pasaba horas en la cafetería, aguzando el oído para enterarse de las conversaciones de aquellos hombres de la misma edad de su hijo. Lo invitaban a compartir una cerveza, un vino de los de damajuana. Nadie pronunciaba allí aquel nombre. Pierre. El viejo cayó en la idea que existía un tabú. ¿Acaso le habían jugado una broma macabra a su hijo? En esos momentos se santiguaba y procuraba borrar de su mente aquellos malos pensamientos.

Durante los primeros tiempos, Adela revisaba compulsivamente hasta el fondo de los placares. Examinó cada prenda. Alli estaban todas sus camisas, la ropa interior, las corbatas, los trajes. Pierre no se había llevado mas que lo puesto. Y un maletín de cuero negro que ella le había obsequiado en el último cumpleaños.
Pidió citas con el médico que atendía a su esposo. Hablaron del ACV que había tenido el pasado invierno y del que le habían quedado como secuelas cierta inercia en la mano izquierda, y un retraimiento del labio inferior, que impactaba de un modo extraño su fisonomía.

Al principio, Pierre se había mostrado muy desalentado por esas señales. Había cumplido los rituales de la kinesiología referentes a estos casos. Los resultados no le conformaban. El médico sospechaba que había llegado a consultar un cirujano plástico para superar el extraño rictus labial. Averiguaron el nombre del cirujano y hablaron con él . No obtuvieron nada.

Adela decepcionada por la falta de noticias por parte de la policía, llegó a contratar un detective privado. En pocos días supo que el nombre de Pierre no figuraba en listado alguno de pasajeros en líneas aéreas, ni en buquebus, ni había cruzado fronteras de los países limítrofes. Durante el primer año estos rastreos se fueron repitiendo por si en algún momento , el nombre de Pierre aparecía. El mismo detective había reconstruido hasta los últimos pasos de Pierre, los cuales culminaban en la ferretería de F. donde entró para comprar seis u ocho metros de soga.

¿Para qué los necesitaría?

La ciudad se nutrió durante largo tiempo de las aventuras de Pierre. Alguien lo había visto en pleno centro de Tokio, junto a un hermosa rubia, sentados en un elegante restorán. Tiempo después, había sido advertido en Londres, caminando junto a la misma rubia por las proximidades del Soho. París estaba también en los itinerarios cumplidos por Pierre y aún hubo quien exhibía un par de fotos donde se lo veía exactamente igual que siempre.
Habían pasado varios meses, cuando la ex empleada - la ausente - apareció con el bebé en brazos. Fué todo un acontecimiento y hasta Adela se puso eufórica con aquella visita . La empleada había llevado consigo un pequeño álbum de fotos, donde una y otra vez aparecía el esposo de la mujer y padre de la criatura, los abuelos , la casita de campo que era su hogar. Los perros, los caballos. En Adela renacieron las esperanzas.

Poco a poco lo chismes, las historias, los relatos que convirtieron a Pierre en un viajero empedernido, se fueron apagando. Ya no formaba parte del imaginario popular. Ni certidumbres ni falsedades . Nada. Una nube de partículas volcánicas había cubierto la mas extensa soledad.

El tiempo parecía a veces jugar con los sentidos de Adela. Ciertas voces, ciertos sonidos lo traían a Pierre tan sólidamente tendido en la cama, que hasta podía regresarle aquellas caricias en los bordes de sus orejitas. Eran ilusiones que su mente elaboraba.

En aquella posteridad, Adela se había esforzado por construírse de granito. Se esmeraba a cada instante por ser Adela. El mismo color de cabello, la misma sonrisa , el saludo cariñoso que prodigaba a su alrededor. Si sufría era un asunto meramente privado .

Pasaron diez inmensos años. Los diarios anunciaban que nuevamente la draga estaba trabajando para liberar de bancos de arena al puerto de la Ciudad. En el noticiero de la noche los camarógrafos registraban escenas de aquellos trabajos. Adela observó por un instante, mientras bebía un sorbo de café . Algo inusual sucedía. Estaban rescatando un automóvil del fondo marino. El chirrido de las máquinas suprimía la voz del cameraman. Era una información imprecisa, inesperada. La gente en el lugar se apiñaba mientras izaban el auto. Un viejo auto incrustado en las arenas. Un auto que había permanecido con las puertas amarradas por una soga.-

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
Hola Beatriz.
Hay hechos raros en la vida ¿verdad?,este hombre que aparentemente era muy feliz y acaba de esa manera tan insospechada.El cerebro humano es muy complejo.
Lo que no deja claro el relato,al menos yo no llego a relacionar del todo,si fue por un sentimiento de culpa-que seguro que sí- por algún desliz suyo con la empleada.
Tal vez para llegar a esa situación muchos no comunican lo suficiente a sus parejas.Grave error ,siempre cabe el perdón-es lo más saludable-y si no cabe la vida sigue, pero tu propia vida es mucho más importante.

Muchos besos,
Reyes
Mauro Navarro ha dicho que…
Existe el extendido dicho que asevera que el suicida es un cobarde. Un servidor siempre pensó lo contrario. La vida, con sus idas y venidas, sus momentos felices, escasos y escuetos, y su discurrir cotidiano de adversidades crea mundos interiores que muchas veces nos hacen bucear en la miserias y el temido desencanto. es entonces cuando aún teniéndolo todo y no careciendo de nada, la existencia se torna insustancial y la amargura es cosa como de andar por casa. Y viene el romper con todo, el mandar el chiringuito a la mier... Un saludo afectuoso y gracias por este relato intimista y, porque no decirlo, doloroso y cierto.

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