UN TÉ CON LA REINA

La
esposa de mon ami Pierre – no os lo había participado – es una
marquesa con muchos apellidos y escasa fortuna cuyo amor por la
Francia le impide pasear su figura por la campiña galesa, para
hacer honor a sus antepasados. A pesar de lo cual, quién sabe por
qué hados del Destino o de las minucias de la nobleza, recibió
hace un par de meses la invitación para tomar el té con su
Majestad la Reina en Windsor Castle.
Como
nuestra amiga está desentrenada de los asuntos protocolares de la
realeza, se tuvo que conseguir un experto para que la instruyera
acerca de la cuestión.
No
os imagináis la pasta que tuvo que desembolsar la esposa de Pierre
!
Y
no solo eso: asesorarse acerca de la vestimenta que en tal ocasión
debía lucir. Oh, la- lá! Sobriedad y estilo! Esas dos
palabritas se las asaron no a fuego lento, sino a horno propio de
ceramista !
Aquí
entre nosotros , terminó alquilando un discreto traje de buena
confección, que adornó con nada menos que una abeja reina de oro
con brillantitos y un par de zafiros incrustados, de esos que todas
las señoras querríamos que nuestros maridos nos obsequien.
Pierre
se cansó de repetirle que no se pusiera tal broche, porque una
abeja reina delante de nada menos que la Reina de la Gran
Bretaña, podría resultar poco discreto. Ella igual se plantó en
la solapa del tailleur la joya y por supuesto se hizo tomar
fotos y mas fotos, hasta que se vió realmente bella y
distinguida en lo que cabe a una marquesa de escasa fortuna pero en
su justo peso y medida.
El
otro tema era cómo llegar a Windsor Castle! Pronto descubrió que
existen verdaderas empresas que se ocupan de estos detalles para
comodidad de los invitados de Su Majestad.
Los
costos - pará qué revelarlos - escalofriantes! Te hielan la
piel e ipso facto los invitados entran a cuestionarse el gasto
exorbitante que implica una invitación a un té en la mesa de una
soberana. Ya se sentía feliz y realizada por haber podido
prescindir de una limousina. Con un impecable Audi podía llegar.
Aunque personalmente le habría resultado mas divertido llegar en
calesa, de esas que aún se acostumbran por Andalucía en ocasión
de las bodas.
¿
No son bellas?
Llegó
el día señalado por Su Majestad y nuestra amiga, al igual que
otras dignas y nobles señoras del británico reino llegaron con
la puntualidad propia de los ingleses.
Cuando
se dió cuenta ya estaban todas en un salón de los tantos de
Windsor Castle, y el personal ubicó a cada una de las invitadas
en la correspondiente butaca junto a la mesa.
No
lo váis a creer ! Mientras ellas aguardaban la llegada de la
Reina, se produjo como una ola de murmullos y de pasos
amortiguados por las alfombras. Algo estaba ocurriendo, pero qué?
Se preguntaron las damas.
Fue
cuando alguien tuvo a bien hacer saber a una de ellas que Su
Majestad había recibido una muy lamentable noticia. Su yegua
Estimate, que había salido segunda en el último Ascot , detrás
de Leading Light – el ganador - había sido víctima de dopaje.
Imagináos,
el pienso de Estimate había sido contaminado con semillas de
amapola. Qué contrariedad ! Enorme disgusto para la Reina, a
quien le resulta sumamente desagradable que su yegua preferida
acuse un positivo en un análisis de control de drogas.
"Esa
y no otra fue la causa por la que Su Majestad no compartiera el
té con las nobles damas" , expresó uno de los ujieres del Castillo compungido por el real disgusto.
Comentarios
¡Y Gracias, por haber sido invitados!
Es lo que tienen las relaciones aristocráticas, sobre todo en las más encumbradas esferas: uno no para en mientes de bagatelas tales como lo que puede costar asistir a una de sus reuniones (de obligada asistencia, faltaría más).
La economía y la aristocracia casan mal (aunque lo que se busque en ciertos nobles casamientos sea eso precisamente: aumentar el peculio y la obtención de una buena dote). Es de mal gusto hablar o colocar el dinero en consideración entre tan nobles especímenes. Así es que... ajo y agua, que decimos por aquí. Dispendio para nada... ¿Para nada? Imagino que el té se tomaría, que las nobles damas asistentes, aun sin su reina afligida por su noble bruta, le darían al palique y comentarían tan jugosa noticia: ¡amapolas en el pesebre real! Ya solo faltaría que las papaveráceas ingeridas por la inocente Estimate fuesen las de flor blanca, y no de las rojas.
En fin, que, salvando las distancias, como ocurre con los dispendios que se hacen en cualquier celebración que por causas fortuitas y azarosas acaba siendo suspendida (comuniones, bodas, aniversarios, etc).
La expectación y el deseo de figurar juegan a veces muy malas pasadas. La hoguera de las vanidades, vamos. Bien empleado les está.
God Save the Queen!
Un abrazo, Beatriz, extensible a los visitantes.