miércoles, 27 de abril de 2011

EL TRASLADO




A sus casi 50 años , allí estaba, como un chiquillo estrenando la habitación de uno de aquellos hoteles lujosos, donde iban las parejas fugaces a enmarcar sus amores .
La miró una vez más deslumbrado por los movimientos de ella, seguros, graciosos, como si formaran parte de un ballet o de una comedia con pasos tan estudiados que salían a la perfección.
En su pensamiento se deslizó por un instante la idea que era una verdadera artista.
Ella se reía. Le contaba chistes. Le hacía cosquillas inesperadas. En menos de media hora lo había convertido en eso : un chiquillo !
Se bebieron un par de buenas copas de bourbon. Estaba distendido y locuaz. Le había contado de aquellas largas navegaciones en las proximidades de la Antártida . Del rompehielos que avanzaba lentamente entre un mar de olas mansas y hielos rotos , que en la madrugada, cuando la primera cresta solar asomaba en el horizonte, se volvían soberanamente rojizos y fulgurantes. Los hombres acodados en el puente de mando, apenas respiraban , solo atendían a la rotunda magnificencia del Sol. Se sentían buenos. Hechos de bondad pura .

Ella lo abrazó. Lo hizo sentir un Zeus lánguido, satisfecho, rotundo en su doble identidad : divina y humana. Le arrancó nuevas emociones , breves raptos de ardientes comuniones . Y luego nada.
Nada. Ni hielos ni mares. Ni música ni danza. Ni siquiera ese leve perfume de rosas desvanecido en la piel.
Se puso de pié. Estaba solo. Audazmente solo. La mujer de Araujo había desaparecido como la luz en las esferas nocturnas.
¿Cómo era posible? Se preguntó sin falsos escrúpulos. Entreabrió la puerta y vió que el auto rojo había desaparecido.
Se vistió como siempre y pidió al conserje un remisse que lo llevara a la civilización. En menos de cinco minutos estaba regresando al mundo, a la gente, a las cosas , y el chiquillo que llevaba muy adentro también había desaparecido igual que la mujer de Araujo. Sin dejar señales.
Pasaron años. Décadas . Zeus cubría su incipiente calvicie con una boina de vasco , que inclinaba hacia uno de los lados de su rostro.
Caminaba con menos bríos. Era un caballero atento y generoso con las damas. Capaz de ceder su asiento en el metro, los ómnibus, las barcazas. De tanto en tanto se dejaba elegir por alguna romántica empedernida, se dejaba quitar la ropa y los zapatos, y se metía entre la frialdad de las sábanas , dispuesto a todo.
Era su homenaje a la mujer de Araujo. La gran siete! Qué finamente lo sedujo, con qué coraje lo citó a media tarde y se lo llevó en su Cadillac rojo. Y lo amó. Vaya si lo amó con requiebros humanos , con desparpajos divinos y perfectos.
Al tiempo se enteró que Araujo había sido trasladado a una nueva misión en un país del Atlántico Norte. Asuntos de la diplomacia. Nunca más supo de ellos. Igual que si la tierra los hubiera tragado.
Ya estaban todos retirados. Si uno se encontraba con algún conocido en los supermercados, allí comparecían con sus uniformes de turista. Bermudas, camisas hawaianas, ojotas. Anteojos oscuros.
A Zeus le fascinaban las ojotas. Dejaban ver aquellos dedos de las extremidades, los testigos torturados por aquel hombre o aquella mujer. El mismo ventilaba sus propios dedos desnudos sobre las arenas de la playa. Los condenaba a los salitres que el mar renovaba hora tras hora, con ese ímpetu salvaje , de bestia acuática.
Aquellas uñas suavemente perladas de la mujer de Araujo! Como si las conchas marinas las hubieran tallado con milenario esmero.
Lo vió en la lejanía. Con aquél aire de lobo marino. Bamboleándose y sacudiéndose . Romero!
Obeso, con sus ojos claros, y los bigotes de morsa.
Te estaba mentando , bandido ! - le dijo Romero al abrazarlo. Después de recordar los bueyes perdidos, le clavó la frase:
-Sabés que me los encontré a los Araujo en Bruselas ?
No sabía nada de esa gente ! -
Tienen un hijo que les nació en Bélgica. Estudia astronomía. Al muchacho le atrajo el Universo, igual que a vos. Salió igualito a la madre. En Junio cumplirá veinte años .Sacá la cuenta !
Sacá la cuenta.
Zeus lo abrazó con emoción y se despidieron.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Beatriz. A Zeus se le escapó la felicidad entre sus dedos,pero tanto amor dio que creó vida,esa misma que muchos años después se enteró de la existencia de un hijo.Un hijo que seguramente estudió astronomía buscando respuestas en las estrellas.

Muchos besos,
Reyes

Beatriz Basenji dijo...

¿Cuántos hijos de Zeus habrá por este mundo? Chi lo sá, Reyes!

Miguel Guinea dijo...

Ella le dejó a cambio un amor que le sirvió de referencia el resto de la vida.

Bonito y bien contado relato. Casi cinematográfico; al menos yo los ví a todos sin hacer ningun esfuerzo :-)

Saludos cordiales