SÁBATO EN NUESTRAS VIDAS


En nuestra época de estudiantes, tenía un amigo que acababa de leer las obras de Ernesto Sábato. Lo habían impactado profundamente. El era entonces un joven pintor. Pasado un tiempo, cuando escribí EL HERMANO me tomé la libertad de describir alguna de las obras de mi amigo.
Un cuento que tuvo gran significado entonces. Por esas cosas tan naturales de escribir y leer ,alguien que leyó EL HERMANO , me dijo :”Esto es Sábato puro “ . Me quedé helada , porque, para mi vergüenza, yo no había leído hasta entonces nada de Sábato.
Como homenaje a este GRAN HOMBRE Y GRAN ESCRITOR que ha emprendido el magno vuelo de la concordia, aquí les dejo la primera parte de este cuento :


EL HERMANO


Había cumplido diez años hacía pocos días, cuando una tarde, en pleno verano, mis padres decidieron dar un paseo por la Rambla.
Aquello significaba ir a Mickey a tomar helados o jugos de frutas, y por entonces, los colores fascinantes de las cremas heladas y los jugos, ejercían en mí un poder mágico, alegremente transfigurador.
La sorpresa fue que allí, sentado con aire displicente en el borde de una silla, nos esperaba un niño de no más de cinco años, muy chic, con su trajecito de marinero, con un aspecto tan vivaz como reservado.
Inmediatamente nos vio, se puso de pié. Dejó que mis padres lo besaran y yo también me incliné a besarlo.
El pequeño gentleman dijo:
-Me harán el honor de ser mis invitados?
-Desde luego, Alejandro -respondió mi padre, y de un vistazo capté dos hechos: la profunda satisfacción que embargaba a Papá y el carácter aparente de juego de visitas que tenía aquél encuentro.
No me fue fácil comprender que aquél niño a la vez atractivo y circunspecto, era mi hermano. Hijo de mi padre, pero no de mi madre.

En ocasiones y por breves períodos, Alejandro formó parte de nuestra vida familiar, pero no podría decir que era un miembro de la familia.
Educado al estilo de su abuela, en ningún momento dejaba de ser el nieto de señora tan encumbrada y aunque me fue evidente cuanto complacía a mi padre la presencia de Alejandro, tampoco ignoraba que, destilaba cordialidad en fórmulas sociales, no dejando translucir sentimientos filiales
Ahora que lo pienso, resultaba una especie de venganza permanente.
Pero nada de eso existía, me consta.
El trato y la tolerancia que mi hermano dispensaba a nuestro padre, debía ser idéntico al que reservaba al mayordomo de su abuela o al chofer que de riguroso uniforme y gorra visera, lo trasladaba en paseos y diligencias por la ciudad.
Era a la vez frío y gentil. Dulce y arrogante.

En cierta ocasión, sabiendo que nos visitaría, Mamá preparó chocolate para agasajarlo. Llegó puntualmente a las cinco. Parecía un príncipe. Bebiéndolo manchó su camisa. Entonces mi Madre se levantó de inmediato para auxiliarlo. Alejandro muy finamente la rechazó.
-Oh, querida señora -le dijo -Será un verdadero placer para mí conservar estas gotas de un chocolate tan exquisito; Por favor déjelas tal como están. Son una delicia.
- Una prenda tan primorosa, apena que la lleves así! -insistió Mamá.
-Puede tener la seguridad que cuando mi Abuela vea esto exclamara: He aquí la camisa de un chico feliz.
Y no permitió que lo aseara.
Recuerdo que cuando Alejandro cumplió catorce años, Papá le regaló una discretísima corbata, adecuada a su edad.
Dos días después, recibimos una elegante tarjeta firmada por el gerente de una de las sastrerías más lujosas de la ciudad, donde citaba a mi padre en día y hora determinada. Sumamente intrigado, acudió.
Así quedó enterado que "el Niño" le hacía obsequio -o quizá agravio? - de seis camisas de tela inglesa.
Imposible destinarle un solo reproche. El no daba lugar.
Entre los 15 y 16 años su abuela se lo llevó primero a Europa, luego a Egipto, Medio Oriente, India, Indonesia y Japón.
Cuando volvimos a verlo, ya había adquirido un aspecto inquietantemente seductor. Pasaba muchas horas en la playa y por entonces, me invitaba a compartir sus largos ocios.
Alejandro había descubierto mi nombre impreso al pié de un soneto, en la página literaria de un diario, y a propósito de ello me sorprendía algunas veces, confiándome sus propios poemas.
Lo que al principio fue motivo de verdadero regocijo -casi un halago - que mi hermano, la joya tallada por doña Gracia del Pinar de Bonim de Giraldo, me participara la quintaesencia de su ser, fue convirtiéndose en una misteriosa complicidad, lindante con un placer oculto y asfixiante.
Porque allí, en su poesía, con una transparencia inequívoca, manaba esa intensa sustancia arcaica que milenios de civilización no han agotado. No era la presencia de ángel alguno quien invadía el ser vibrante de mi hermano, sino terribles minotauros, serpientes sagacísimas, seres incestuosos, fantásticos ayuntamientos.
Ni qué decir de sus dibujos. A simple vista tenían esa gracia de las miniaturas persas de los siglos 16 ó 17. Pero no bien observaba con atención cada una de las figuras, se iba descubriendo la sordidez de los detalles, la inconmensurable fealdad de que estaba revestida cada criatura. Al principio todas las figuras participaban de una formal cohesión. Pero paulatinamente fue rompiendo, desmembrando, exhibiendo aquí unas vísceras, allí una tráquea, más abajo unos senos como campanas y en función de sexo, instrumentos musicales: infinidad de oboes, cítaras, laúdes.
Dotaba a sus caballos de patines y las crines de cada animal eran trenzados complicadísimos de langostinos, cefalópodos, cangrejos. Lo que realmente me subyugaba era que todos sus paganos estaban rodeados de un clima edénico. Jugando y participando de un tiempo de delicias en un jardín de flores lánguidas, eróticas e ingenuas a la vez.
Un orden minucioso regía cada uno de sus trazos. Un orden creador en el que prevalecían los más remotos instinto de la especie.
Aunque Alejandro era la imagen viva de la gracia, de la salud, de lo rotundamente triunfador, jamás llegaba al desborde, a la libre eclosión de sus energías, así cabalgara, girara en los velódromos con sus bicicletas deportivas o maniobrara con su karting por las pistas de Constitución. Sólo, una vez le vi quebrar sus propios límites.

Corríamos por un bosquecillo de coníferas y eucaliptus entre el Alfar y Mogotes. Algunos pájaros se insolentaban. De improviso, disparando en la dirección opuesta a la que llevábamos, apareció como una saeta, lo que yo denominé un conejo de pelaje rojizo. Ah, qué incontenible catarata era la risa de Alejandro! Verdaderamente se desternillaba. Y cuando cesó su explosión de alegría, con los brazos muy abiertos, corrió a abrazarme.
-Oh, mi hermana que aún no distingue entre una liebre y un conejo! Mi dulce hermana! Por qué, tú? Justamente tú, tenías que ser mi hermana? Esta es la burla más cruel que la vida me ha pagado... Oh, porque tengo que ser tan desdichado y consumir mis días y mis noches como el más necio de los mortales?-
Por única vez permitió que asomara al recinto prohibido. Dejó que me balanceara sobre el precipicio reconociendo el revés de todas las tramas prolijamente hiladas en el telar de la Vida.
En aquél instante me permitió ser el ave más fabulosa de la Tierra; sólo porque él me sostenía desde el pinnaculum de su soledad.

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
Beatriz,enhorabuena,el relato me encantó,así es.

En cuanto a Sabato lo he sentido muchísimo.Suponía que ya estaba muy mayor pero la noticia me entristeció mucho. Ha sido un hombre con una ética como pocos y esa forma de expresar ,de escribir de los grandes.Argentina debe estar de luto,porque hasta aquí llegan muchas lágrimas y seguro que sentís que muchos aquí también lloran,yo soy una.Cómo no llorar al creador de tanta belleza en medio de ese mundo burdo y hostil! ,como el siempre decía ;muy difícil.
Jamás olvidaré el Túnel y esos posicionamientos contra la dictadura ,ni esa ética intachable.
Descanse en paz el hombre no así su obra que está más vigente que nunca.

Un fuerte abrazo,
Reyes
Rodrigo ha dicho que…
Me sumo a Reyes en el sentimiento de la pérdida, no por inevitable menos sentida.
Al menos fue una vida vivida hasta saciarse, apurada al límite del siglo, plena, pues de experiencia y apuestas coherentes, lúcidas, solidarias.
Yo, he de decir que lo conocí poco, y apenas he leído nada de él. Sí sé de sus posicionamientos de su "¡Nunca Jamás!", de su honestidad y de su dolor por la existencia contradictoria del hombre.
Descanse en paz, y... ¡que Viva el modelo!

En cuanto a tu cuento, Beatriz, simplemente magnífico, entrañable, bello.
Descripciones sugerentes, ambientación precisa y preciosa, prosa exquisita que se desliza, frase a frase, por las suaves pendientes de la narración hasta remansarse en un lago de aguas profundas... donde reposa el misterio bajo la sombra de los nenúfares.
Una delicia, otra más, Beatriz, de esas con las que nos regalas continuamente.

Gracias. Un abrazo.

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