Deleites

Me gustaron los espejos.
40, Boulevard Haussmann ( prés de l”Opera.)
Las señoras se movían deprisa. Los hombres tenían ese aire indiferente que utilizan para dejar bien claro que esto no va más. Y, aunque no resulte creíble, un estimulante aroma de pizzas – ahí en las Galerías Lafayette - avanzaba por uno de los pasillos, seduciendo los paladares de los más distraídos.
Entonces Mammi pronunció una de sus frases inolvidables : “Estamos en el corazón de París”.
Tuve un sobresalto a nivel de mi propio minúsculo corazón. No sería Paris como aquella gran muñeca que nuestra maestra del Jardín nos hizo explorar en el centro mismo de una plaza de nuesta ciudad? ¡¿Oh?! Qué ocurrencia . La maestra nos hacía avanzar por el interior de la muñeca, decidida a mostrarnos todo, recalcando a cada nuevo paso, este es el Hígado.Ahí mas atrás está uno de los riñones. Vean qué maravilla. Y nosotros, pequeños inocentes, casi a coro: Que maravilla. Pero en verdad era horrible. Todos aquellos tubos de intestino y nosotros preguntando “Dónde está la caca?” Un fraude. ¿Qué le habían hecho a la muñeca? Era posible una muñeca así , gigantesca, con la que nadie podía jugar? Abandonada y expuesta peligrosamente en sus intimidades ? Total que la tenían despanzurrada, llena de cables y botes de basura para que nadie dejase los desperdicios y los papelitos tirados por sus sendas. Exactamente ahí me di cuenta que también allí en “ el corazón de París” unas señoritas discretas, entre invisibles y automáticas, firmes detrás de sus escobillones , perseguian papelitos abandonados.
Me abracé con los espejos. Les hice todas las caras caritas y caretas que me había aprendido en otros espejos, hasta que las manos de mi Mammi me sujetaron con fuerza y me llevaron hasta el tocador.
Mas espejos .Mármoles brillantes como espejos. Grifos dorados que nos copiaban a su propio antojo.Porque sí.
A poco de entrar me percaté que había otra mamá con otra nena, a la que revisaba cuidadosamente mechones de pelo Sus dedos se movían con una agilidad digna del mejor pianista De pronto se detuvo. Su brazo pareció perderse en medio del gran antebaño y enseguida se inclinó sobre la blanquísima bacha que se situaba a mi altura. Con esmero pasó la yema de uno de sus dedos, alzó una cosita minúscula imposible de registrar. Y allí mismo, uña contra uña, se percibió algo infinitamente pequeño que estallaba. Entonces, la señora, transfigurada por un deleite superior exclamó:
- Por fin estás muerto, piojo!.-.

Comentarios

Cayetana ha dicho que…
Me gustó el cuento. Que ganas de joder, mirá que la mujer tranquilamente podría haberse dedicado a la actividad piojo- homicida en la intimidad de su hogar, pero no, en el baño de Lafayette, en París nada menos tenia que ser!
También se disfrutan los relatos esos en los que nosentiendeunjoraca.

Saludos
Beatriz Basenji ha dicho que…
Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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